domingo, 17 de mayo de 2015

HERNÁN CORTES Y FRANCISCO PIZARRO

Hernán Cortés y Francisco Pizarro, derribaron las dos grandes civilizaciones de América y lo hicieron con fuerzas muy inferiores a las de su enemigo, en acciones de gran ingenio y absoluta temeridad. Pero si Cortés se ayudó para su conquista de las tribus enemistadas con los aztecas, a Pizarro le bastaron sus hombres para derrotar a Atahualpa en Cajamarca, en una acción militar sorprendente en la que 160 españoles derrotaron a 40.000 incas apresando a su emperador. 
Pizarro fracaso tres veces intentando hallar hasta que en uno de sus viajes divisó a un grupo de indios adornados de oro y cerámica. Alentado con su descubrimiento, Pizarro envió a Almagro a Panamá para solicitar más hombres y pertrechos, pero el gobernador se cansó de aquel dispendio y se negó a financiar otra expedición, enviando dos barcos para recoger a los exploradores. Entonces Pizarro desenvainó la espada y trazó una raya en el suelo.
De vuelta al Perú junto a sus hermanos Gonzalo, Juan y Hernando, Francisco de Pizarro organizó una nueva expedición para adentrarse en el Perú a comienzos del año 1531. Por entonces, aquella gran civilización se desangraba en una cruenta guerra civil que enfrentaba a dos hermanos, Huáscar y Atahualpa, por el trono del padre fallecido. Pizarro entendió aquella guerra como una oportunidad y cuando Atahualpa venció a su hermano y lo tomó prisionero solicitó ver al nuevo emperador, logrando la amistad de los partidarios de Huáscar bajo la promesa de liberarle. 
Dos emisarios de Atahualpa visitaron a Pizarro para concertar un encuentro en Cajamarca. Atahualpa quería calibrar las fuerzas de aquellos barbudos y a pesar de los intentos de Pizarro por magnificar la figura de Carlos V y explicar que buscaba la paz pero que no se arredraría ante la guerra, el inca no debió de quedar muy impresionado porque acudiría a la cita confiado de poder eliminar aquella última amenaza que se le presentaba antes de inaugurar su reinado. 
Confiado pero no desprotegido, porque los españoles que acudieron en avanzadilla a conocer al emperador regresaron explicando que 40.000 de sus guerreros le acompañaban y les parecieron tantos y tan fieros que la noche antes del encuentro se vieron perdidos y rezando, ya no para conquistar a aquel pueblo sino para salir con vida de allí. Sólo Pizarro parecía ver una oportunidad de su cita con Atahualpa y como era el único que mostraba el ánimo vivo y sereno, tuvo que arengar a sus hombres para infundirles confianza. 
Un cronista dice que algunos españoles se orinaron encima al ver llegar aquella comitiva colorida e inabarcable que iba ocupando la plaza y ensombreciendo a los españoles, que unos minutos antes parecían tan bien desplegados. Con Atahualpa y Pizarro frente a frente, el capellán, fray Vicente Velarde, atravesó la muchedumbre y acercándose a Atahualpa tomó la palabra, hablando al inca de Dios y de la salvación de su alma. Llevaba un crucifijo en una mano y un breviario en la otra, que le dio a Atahualpa explicándole que allí estaba la palabra de Dios. Pero Atahualpa, que con muchos esfuerzos logró abrir el libro, no escuchaba nada y exasperado lo arrojó al suelo
Los incas presentaban 8.000 en apenas dos horas de batalla, a razón de 44 muertos por español, aunque habría que descontar los muchos incas que perecieron por aplastamiento en plena desbandada. Aún así eran muchas bajas por ninguna española, un resultado inexplicable para muchos historiadores. Ni los cañones, ni los caballos, ni los arcabuces explican un registro de daños tan desigual, si bien hay que destacar el tremendo valor de Pizarro y el buen despliegue de sus hombres en una hazaña que forma parte de las grandes batallas de la humanidad. 
El inca Atahualpa ofreció a los españoles un trato por su vida: riquezas para llenar hasta arriba una habitación de siete por cinco metros y tres de alto. Los españoles aceptaron el tesoro pero a la hora de liberar al inca, Pizarro se dejó influir por Almagro y aceptó someterle a un juicio sumario en el que se acordó su muerte por trece votos a once. Terminada la guerra, Atahualpa se había convertido en un peligroso botín. Liberarlo devolvía a los españoles al comienzo de la conquista y mantenerlo con vida les exponía a las emboscadas de sus vasallos, de modo que aquella ejecución resultó ser la única solución posible, pese a que no gustó nada al monarca Carlos V, que reprochó a Pizarro su actuación    
La victoria de Cajamarca fue una de las más lucrativas de toda la conquista de América y los hombres de Pizarro pasearon sus riquezas por todas las plazas españolas, alentando nuevas conquistas enfebrecidas por la ambición del oro. Siendo una gran victoria, en Cajamarca no terminó la conquista del Perú. Los incas resistieron durante años, a veces de forma desordenada y otras, unidos bajo el mando de algún cacique como el Manco Yupanqui, el hijo de Huáscar, al que Pizarro quiso convertir en su títere, pero que al final acabaría rebelándose contra él. 
La batalla de las Salinas, lejos de terminar con la guerra entre facciones la hizo más evidente, prolongándose durante otros quince años. El de Trujillo ya no la viviría. Tres años después de la muerte de Almagro sus partidarios, reunidos en torno a Almagro el Mozo, asaltarían el palacio de Lima y se cobraría su venganza. Lideró aquel traidor asalto el tutor del joven Almagro, Juan de Rada, que se cuidó de que ‘el Mozo’ no participase en la celada para no exponer su figura a nuevas venganzas. 

Los sitiadores tomaron el palacio por la fuerza, buscando al gobernador mientras daban muerte a su guardia personal. Acorralado en su habitación y ya persuadido del ataque, el bravo conquistador, de 64 años, animaba a su hermanastro, Martín Alcántara, mientras buscaba torpemente sus armas. Apostado en el estrecho pasillo que daba a la estancia del gobernador, Alcántara era ya el único obstáculo entre los asaltantes y el gobernador, que salía apresurado de la habitación con la coracina a medio abrochar y la espada en la mano.

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