Hernán Cortés y Francisco Pizarro, derribaron las dos
grandes civilizaciones de América y lo hicieron con fuerzas muy inferiores a
las de su enemigo, en acciones de gran ingenio y absoluta temeridad. Pero si
Cortés se ayudó para su conquista de las tribus enemistadas con los aztecas, a
Pizarro le bastaron sus hombres para derrotar a Atahualpa en Cajamarca, en una
acción militar sorprendente en la que 160 españoles derrotaron a 40.000
incas apresando a su emperador.
Pizarro fracaso tres veces intentando hallar hasta que en
uno de sus viajes divisó a un grupo de indios adornados de oro y cerámica.
Alentado con su descubrimiento, Pizarro envió a Almagro a Panamá para solicitar
más hombres y pertrechos, pero el gobernador se cansó de aquel dispendio y se
negó a financiar otra expedición, enviando dos barcos para recoger a los
exploradores. Entonces Pizarro desenvainó la espada y trazó una raya en el
suelo.
De vuelta al Perú junto a sus hermanos Gonzalo, Juan y
Hernando, Francisco de Pizarro organizó una nueva expedición para adentrarse en
el Perú a comienzos del año 1531. Por entonces, aquella gran civilización se
desangraba en una cruenta guerra civil que enfrentaba a dos hermanos,
Huáscar y Atahualpa, por el trono del padre fallecido. Pizarro entendió
aquella guerra como una oportunidad y cuando Atahualpa venció a su hermano y lo
tomó prisionero solicitó ver al nuevo emperador, logrando la amistad de los
partidarios de Huáscar bajo la promesa de liberarle.
Dos emisarios de Atahualpa visitaron a Pizarro para
concertar un encuentro en Cajamarca. Atahualpa quería calibrar las fuerzas de
aquellos barbudos y a pesar de los intentos de Pizarro por magnificar la
figura de Carlos V y explicar que buscaba la paz pero que no se arredraría ante
la guerra, el inca no debió de quedar muy impresionado porque acudiría a la
cita confiado de poder eliminar aquella última amenaza que se le presentaba
antes de inaugurar su reinado.
Confiado pero no desprotegido, porque los españoles que
acudieron en avanzadilla a conocer al emperador regresaron explicando
que 40.000 de sus guerreros le acompañaban y les parecieron tantos y tan
fieros que la noche antes del encuentro se vieron perdidos y rezando, ya
no para conquistar a aquel pueblo sino para salir con vida de allí. Sólo
Pizarro parecía ver una oportunidad de su cita con Atahualpa y como era el
único que mostraba el ánimo vivo y sereno, tuvo que arengar a sus hombres para
infundirles confianza.
Un cronista dice que algunos españoles se orinaron encima
al ver llegar aquella comitiva colorida e inabarcable que iba ocupando la plaza
y ensombreciendo a los españoles, que unos minutos antes parecían tan bien
desplegados. Con Atahualpa y Pizarro frente a frente, el capellán, fray Vicente
Velarde, atravesó la muchedumbre y acercándose a Atahualpa tomó la palabra,
hablando al inca de Dios y de la salvación de su alma. Llevaba un crucifijo en
una mano y un breviario en la otra, que le dio a Atahualpa explicándole que
allí estaba la palabra de Dios. Pero Atahualpa, que con muchos esfuerzos logró
abrir el libro, no escuchaba nada y exasperado lo arrojó al suelo
Los incas presentaban 8.000 en apenas dos horas de batalla,
a razón de 44 muertos por español, aunque habría que descontar los muchos incas
que perecieron por aplastamiento en plena desbandada. Aún así eran muchas bajas
por ninguna española, un resultado inexplicable para muchos historiadores. Ni
los cañones, ni los caballos, ni los arcabuces explican un registro de daños
tan desigual, si bien hay que destacar el tremendo valor de Pizarro y el buen
despliegue de sus hombres en una hazaña que forma parte de las grandes
batallas de la humanidad.
El inca Atahualpa ofreció a los españoles un trato por su
vida: riquezas para llenar hasta arriba una habitación de siete por cinco
metros y tres de alto. Los españoles aceptaron el tesoro pero a la hora de
liberar al inca, Pizarro se dejó influir por Almagro y aceptó someterle
a un juicio sumario en el que se acordó su muerte por trece votos a
once. Terminada la guerra, Atahualpa se había convertido en un peligroso
botín. Liberarlo devolvía a los españoles al comienzo de la conquista y mantenerlo
con vida les exponía a las emboscadas de sus vasallos, de modo que aquella
ejecución resultó ser la única solución posible, pese a que no gustó nada al
monarca Carlos V, que reprochó a Pizarro su actuación
La victoria de Cajamarca fue una de las más lucrativas de
toda la conquista de América y los hombres de Pizarro pasearon sus riquezas por
todas las plazas españolas, alentando nuevas conquistas enfebrecidas por la
ambición del oro. Siendo una gran victoria, en Cajamarca no terminó la
conquista del Perú. Los incas resistieron durante años, a veces de forma
desordenada y otras, unidos bajo el mando de algún cacique como el Manco
Yupanqui, el hijo de Huáscar, al que Pizarro quiso convertir en su títere, pero
que al final acabaría rebelándose contra él.
La batalla de las Salinas, lejos de terminar con la guerra
entre facciones la hizo más evidente, prolongándose durante otros quince años.
El de Trujillo ya no la viviría. Tres años después de la muerte de Almagro sus
partidarios, reunidos en torno a Almagro el Mozo, asaltarían el palacio de Lima
y se cobraría su venganza. Lideró aquel traidor asalto el tutor del joven
Almagro, Juan de Rada, que se cuidó de que ‘el Mozo’ no participase en la
celada para no exponer su figura a nuevas venganzas.
Los sitiadores tomaron el palacio por la fuerza, buscando
al gobernador mientras daban muerte a su guardia personal. Acorralado en su
habitación y ya persuadido del ataque, el bravo conquistador, de 64 años,
animaba a su hermanastro, Martín Alcántara, mientras buscaba torpemente sus
armas. Apostado en el estrecho pasillo que daba a la estancia del
gobernador, Alcántara era ya el único obstáculo entre los asaltantes y el
gobernador, que salía apresurado de la habitación con la coracina a medio abrochar
y la espada en la mano.

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